jueves, 25 de marzo de 2010

susurramelo al oído...



Después de tres horas deambulando por las solitarias calles de la ciudad, mojada, triste y sola disidió regresar a casa.
Llegó a su portal y se sacó las llaves del bolsillo, lo abrió, entró y llamó el ascensor, cuando este llegó se metió dentro y pulsó el numero cinco, esperó mientras se cerraban las puertas y comenzó a llorar. Solo paró cuando estas se abrieron de nuevo.
Esperó unos segundos ante la puerta de aquel piso. Se preguntaba si Raúl ya habría llegado, pero no tenía fuerza para comprobarlo, se sentó en las escaleras unos minutos mientras su corazón se henchía de valor para entrar.
Introdujo la llave dentro de la cerradura la giró y... "Trassh" esta se abrió. Todo seguía tal cual lo había dejado, Ana puedo sentir el vacío desde que entro. Cerró la puerta y lloró, lloró de soledad, de tristeza, de abandono, de desamparo. A pesar de que bajo la lluvia ya había derramado la mayoría de sus lágrimas mientras pensaba en dónde estaría Raúl, todavía le quedaban más.
Se desvistió, metió la ropa en la lavadora y se puso el pijama. No se secó el pelo ni comió nada, ni siquiera bebió algo caliente para quitarse el frío que le había calado hasta los huesos, y pero peor aun, en el corazón.
Y tumbada en el sofá viendo la teletienda, sintió como el mundo se le caía encima poco a poco haciéndole sentir cada vez peor.
En realidad miraba la tele pero era una miraba vacía, sin expresión porque su mente no estaba mirando aquel programa de aparatos para adelgazar, estaba viajando en sus recuerdos, en cuando conoció a Raúl, en el porque se enamoró de él. Sí, eran dos mundos totalmente distintos, diferentes, opuestos.
Su mundo se componía de sueños, de amor, de promesas, de vida, de luz...
Mientras que el mundo de Raúl era de tristeza, melancolía, desgracia, infelicidad, oscuridad, promesas rotas...
Cuando lo conoció aquella tarde en aquel bar donde ya se habían visto tantas veces, ella era la camarera, lo había visto muchísimas veces, era cliente habitual.
Pero nunca habían hablado mas de lo normal ( de lo que habla una camarera con su cliente ) aunque esa tarde fue distinto, él le preguntó a que hora salia y ella sin pensarlo mucho le dijo:
- A las once.
- ¿Podría pasar a por ti y así tomamos algo?
Ella pensó que quizá no sería mala idea y acepto. Ahí comenzó todo, ese juego interminable, su historia.

1 comentario:

  1. paulaaaa porfii continua esta historia q es increible y ademas de la forma que escribes te adentras directamente en ese lugar entre nubes y soledad.

    besitossss (LLL)
    Raisaaaa

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